Lucas Di Pascuale


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Texto del catálogo
Di Pascuale, Tríptico JJ.
Galería espaciocentro,
Córdoba 2005.

 

 


Recordar, siempre Recordar.

Tulio de Sagastizábal, febrero 2005.

Recordar 1.

Una obra que desea acompañar lo que sólo podría acompañar el silencio; que intenta estar de este modo en un pasado que es eternamente presente.

La razón por la que ciertos crímenes no pueden prescribir es porque nunca cesan de cometerse; están siempre ahí, presentes como inolvidables puertas a lo indecible.

Una pesada carga de silencio que nos acompaña y acompañará siempre.

Aunque hablemos y hablemos de ello, siempre será más lo que no podemos decir; pero necesitamos hacerlo, hacer gestos y marcar señales; porque nos alivia decir que estuvimos allí.

O que el horror también estuvo en nosotros, lacerante y permanente. Continúa, y algunas generaciones serán por siempre testigos de esta terrible infinitud. Como la de Lucas, como la mía.

Es por ello que me admira este gesto precioso: un modo casi devocional de acompañar, de estar acompañado, de haber acompañado tanto dolor. Y recordar como todo el horror no cesa, no habrá de acabar jamás.

Silenciosamente, empecinadamente, repitiéndose y repitiéndonos que también estuvimos allí, y que aún estamos allí.

Impresiona mucho el efecto de este acto: copiar silenciosamente como un recordatorio infantil, como un deber y un aprendizaje, el testimonio de Graciela Daleo.

Impresiona la potencia de este gesto humilde y pudoroso; un gesto perfecto para dibujar el ominoso silencio, el estremecedor silencio, que rodea un testimonio tan arrasador como el de una sobreviviente de ese infierno.

Es un eco que aturde en la potencia de su silencio, un eco que nos describe en nuestra realidad de sombras adoloridas.

El gesto repite el testimonio, y hace presente la audiencia: habla de nosotros, testigos enmudecidos que por obra de una obra recuperamos la palabra.

La palabra que podemos pronunciar, la palabra que puede transportar ese peso de lo indescriptible: la imagen. La imagen, que repetimos y repetiremos hasta el infinito, como espejos que en su neutralidad dubujan las más crueles responsabilidades.

 

Recordar 2.

Creer en números: doce es un número perfecto; como fueron los apóstoles, como son los meses del año. Los números se organizan a la perfección, se distribuyen, se reagrupan; diseñan movimientos, denotan intensidades. Pero se dispersan como se dispersan los amigos, los que invitamos un día a comer y luego ya no están: porque los han perseguido, porque se han hastiado.

De esta clase de números está hecha toda historia personal, y también nuestra historia argentina.

Estas tablas no son las tablas de la ley, no perduraron como ellas incommovibles e intemporales. Son tablas que registran mínimos movimientos de mínimos actos familiares de una familia que nunca logramos reunir.

Comunión, comunidad y confianza, siempre vamos tras ellos por no poder renunciar al universo perfecto.

Así quizás doce tablas también dibujen un círculo, y su abstracción imposible.

Más aquí, día a día nos queda recoger las tablas que otros trabajaron para nosotros, para llevarlas a ese lugar casi imperceptible que las detendrá en el tiempo.

 

Recordar 3.

Qué tienen en común Lenin y Borges? poco sin dudas. Pero ese poco los convierte en polos de un imaginario personal, donde se expresan como contradictorios e incompatibles la mirada que puede dirigirse al bosque y la mirada que puede dirigirse al árbol; pareciera que sí, que efectivamente hemos perdido en una remota edad dorada la inocencia que podía sin culpas mirar y ver el bosque cuando mirábamos al árbol, y ver elárbol mirando al bosque. Sin clasificar, sin jerarquizar, sin decir que esto o aquello es lo bueno, y lo otro lo malo.

Pero eliminemos el supuesto de la inocencia y de la edad dorada, y veámosnos como nos vemos ahora: hay tensiones que no podemos resolver, no somos capaces de resolver las incompatibilidades del deseo personal y el bien común. Y nos advertimos para no confundirnos en la creencia de que el bien común es el deseo personal, o el deseo personal el bien común; no somos tan llanos ni tan previsibles. Podemos tener una forma tan misteriosa como la forma misma del universo: siempre imaginable y siempre diferente. No es Borges con Lenin, ni Lenin sin Borges: es entre Borges y Lenin, como es entre el mar y la montaña o entre el cielo y la tierra. No podemos decidir.