Lucas Di Pascuale


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2011 - 2013

Hola tengo miedo

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periódico e instalaciones

Ubiqué mi lugar de trabajo en una oficina del Ex Centro Clandestino de Detención La Perla (Residencia Phronesis Criolla, junio-julio 2011) Indagué relaciones entre mis miedos y ese sitio maquinado para el mayor de los desplazamientos: la desaparición. Desarrollé una publicación mixturando diario íntimo y periódico, quizá como documento de mis indagaciones. Luego una serie de presentaciones e instalaciones van expandiendo esa publicación original.


Journal and installations

I decided that my place of work it was going to be an office in La perla, the ex clandestine center (residence Phronesis Criolla, June-July 2011) I search for relations between my fears and that place machined for the mayor of the desplacements: the disappear of people. I developed a publication mixing public and intimate journals, maybe as documents for my inquiries. The original publication has been expanded after a series of presentations and istallations.


 
   
           
 

Botín, 2013 / Proyecto Hola tengo miedo / Muestra Proximidad / Fotografías: Ileana Dieguez / http://proximidad.cordoba.gov.ar/
 

Hola tengo miedo, 2012 / Instalación en Cultura Pasajera, Rosario / Curador: Hernán Camoletto / Fotografías: Mónica Fessel

 

 

 
 

 


 

 

 

 

 

 



El viaje oblicuo / Por Hernán Camoletto

 

 

“Me gustaría que también hubiera una mesita de jardín”, me dijo Lucas mientras caminábamos por la peatonal Córdoba, un miércoles de diciembre. Estábamos pensando el concepto de la muestra que acompañaría la presentación de Hola tengo miedo en Rosario. Lucas caminaba pausado. Su mirada sobrevolaba todo sin detenerse en nada. Como en automático. (“Avisáme dónde doblo. Mientras manejo, pienso” recordé la advertencia que me hiciera en la ciudad de Córdoba un tiempo atrás y sonreí.) Me había tomado desprevenido la precisión: “mesita de jardín”.

Al llegar a casa, Lucas sacó una caja. Contenía una serie de objetos: una pequeña maqueta del cartel de LOPEZ, una pieza realizada con módulos circulares tejidos al crochet, una huevera pintada con una retícula Malevich, una serie de dibujos, una pequeña pieza de cerámica hecha por una de sus hijas.

Pensé en una caja de recuerdos. Uno de esos dispositivos que disparan y refuerzan la memoria a partir de ciertos elementos/hitos, objetos que concentran toda una cadena de significantes. Una suerte de economía de la memoria. Lucas manejaba el material en un doble tránsito entre los objetos y la publicación que íbamos hojeando mientras vaciábamos la caja que íbamos vaciando mientras leíamos los textos.

 

La obra de Lucas parece operar sobre tres betas madres: la autorreferencialidad, la ausencia, el compromiso político.  Esas notas, solidarias entre sí, se van modulando con diferentes intensidades (incluso los blancos, los silencios parecieran remitir a algo-no-dicho) en una suerte de paseo íntimo y reversible. Un doble juego que le permite a Lucas poner en el mundo eso que de otro modo aparece como ausencia y a nosotros entrar por la misma vía a la sensibilidad de ese tal Lucas que deja de ser un nombre, un hombre, para devenir en discurso que opera desde el recuerdo, desde la memoria de lo oído, lo visto, lo vivido.

El dibujo, y creo que la escritura en Lucas es otro modo del dibujo, se vuelve el código que, a un tiempo permite decir y encriptar lo dicho. Un modo de darle entidad, encarnadura, a algo que a la vez excede esos ropajes que se tornan meros indicios, suerte de huellas de lo-que-no-puede-ser-dicho. La obra como registro de los intentos de dar con la clave que dé cuenta final de eso que mueve a hacer por pura inasibilidad.

 

Eduardo Molinari en su clasificación del caminante habla de dos tipos de viajes: el horizontal, el del peregrino que se desplaza en el espacio y el vertical del místico que, estático, asciende y entra en comunión trascendental. Lucas, con su obra, propone una tercera posibilidad: un viaje oblicuo. Un recorrido por una cartografía sensible delimitada por las experiencias y vivencias del artista aunque siempre mediatizadas por ciertas preguntas y problemáticas recurrentes que nos vuelven a un tiempo copilotos de ruta y compañeros de deriva (mientras viajamos, pensamos con él).

Y eso es, en definitiva, el sentido de la mesa de jardín. El espacio donde uno puede acomodarse y contemplar. Pasar la vista sobre todo sin detenerse en nada más que en el deseo o la necesidad que hace que esas cosas se vuelvan significativas. Un recorrido por situaciones, momentos, sensaciones unidas por un hilo que intuimos pero que se nos escapa, que opera por ausencia.





 
   
 


 
   
   
 
Hola tengo miedo, 2012 / presentación de la publicación en México DF / Proyecto Ed. / Encuentro de editores iberoamericanos
 
   


Autorretrato y retrospectiva / por Florencia Magaril

Desde el título mismo del libro Hola, tengo miedo, el Lucas Di Pascuale se presenta y se identifica desde un lugar de temor: un lugar simple donde habita, un pedido de ayuda, ¿quizás? Si se ingresa el título del libro en google, el resultado arroja un centenar de páginas y links donde personas de todo el mundo dicen: “Hola, tengo miedo...” la mayoría continúa su presentación indicando el objeto de su temor: “a padecer cáncer”, “a estar embarazada”, “al parto”, “ a abortar”, “ a haberme contagiado HIV”, “ a echarme a perder”. En su mayoría el miedo tiene que ver con enfermedades, pero hay algunas exclamaciones que acaban allí, en el miedo, sin más, en el miedo a nada o a todo. Entonces, como sucede con el título del libro de Lucas, la palabra miedo se asocia con el que la enuncia, se identifica y representa al sujeto que se presenta definiendo de este modo su identidad y su personalidad. En el libro de Di Pascuale, el objeto de temor no es definido a partir de una palabra, de una enfermedad o de una situación concreta, sino que el título inaugura una exploración en profundidad de ese miedo por medio de un autorretrato íntimo y honesto atravesado por algunos hechos biográficos que marcaron la vida e identidad del artista. Por un lado la ausencia de su padre y por otro lado la experiencia histórica de la dictadura militar. Por medio de dibujos, fotografías y registros de sus obras anteriores, Lucas construye un relato introspectivo sobre su identidad destacando tres momentos claves: la infancia, marcada por un padre ausente y el soporte afectivo de sus hermanos ante dicha falta, su juventud, época utópica de estudiante comprometido con “cambiar el mundo” y por último, el futuro: sus hijas.

 

Al mismo tiempo se propone un recorrido autobiográfico construido a partir de obras de referencia que dan cuenta de su trayecto artístico. Una especie de retrospectiva de su trabajo, organizada según un criterio temático que responde a diversos momentos emocionales de la vida del artista. Dibujos de sus esculturas, dibujos de sus dibujos, dibujos de dibujos de otros, un libro cargado de homenajes, dedicado a los otros, otros familiares, otros históricos, dedicado a los presentes y a los ausentes.

 

A nivel formal, el libro se asemeja a un periódico. La mayoría de sus páginas son monocromáticas, quebrada por la incursión de algunos amarillos intensos, azules y celestes. Sus páginas parecieran ser noticias inconexas unas de otras, como canciones de un disco o capítulos de una serie. Cada intervención tiene un lógica y una temática propia, sin embargo en conjunto componen un todo homogéneo, coherente y contradictorio, como  el trayecto de una vida, en este caso la de Lucas Di Pascuale. Complejo como un periódico pero honesto y simple como un diario íntimo, una bitácora de emociones y sensaciones primarias como el miedo, la esperanza, la soledad, la diversión y el amor.