Lucas Di Pascuale


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2012

Restos Nocturnos

Exposición

Museo Genaro Pérez
Julio / Agosto 2012
Córdoba, Argentina

Artista:
Hernán Camoletto

Curador:
Lucas Di Pascuale


 
   
           
 


 

Caminando por allí

 

Diciembre de calor amable, visibilidad envidiable y ganas de viajar. Deseaba conducir su automóvil por caminos que lo alejaran de aquella ciudad acostumbrada a enredarlo. Imaginaba carteles comentando distancias y direcciones. Se sorprendió entusiasmado, los días previos había estado tanteando si viajar o no viajar. ¿Tan cerca de fin de año?, ¿por tan poco tiempo?, ¿solo? ¿Acaso aquella cosquilla que lo animaba no tenía que ver justamente con el hecho de viajar solo?

Una vez en la autopista las preguntas y el entusiasmo que acababa de sorprenderlo se corrieron de lugar como los harían dos personas que prefieren el sitio apartado de una reunión. Conducir tenía sus altos y sus bajos y, a pesar de aquel cielo, imaginó lluvia. Agua que nos despierta de alegría y luego nos perturba y luego la extrañamos y prometemos caminar bajo su cielo a sabiendas de que las promesas no pertenecen a nuestro tiempo.

El tema central durante el viaje era sin duda el combustible. La autopista recién finalizada no contaba con estaciones de servicio en sus márgenes y el tanque de su automóvil podía almacenar tan sólo unos treinta y cinco litros de nafta.

Se detuvo por primera vez en la ciudad de Bel Ville, a tres kilómetros de la carretera completó el tanque para luego desandar esos mismos tres kilómetros y retomar su camino. Se detuvo por segunda vez en la ciudad de destino y entonces el trayecto le pareció incomprensiblemente corto. Se le cruzó por la cabeza algo aún más incomprensible: que la proximidad entre Córdoba y Rosario era algo que no tenía dimensionado. Como si en el croquis mental del arquitecto Cepeda, el punto que es Rosario, que se encuentra entre el punto que es Córdoba y el que es Buenos Aires, estuviese casi pegado al de Buenos Aires.

Llegar a la casa de Hernán Camoletto  fue simple, continuó por la Avenida Pellegrini, en donde había desembocado la autopista, hasta el Boulevard Oroño y allí dobló a la izquierda hasta encontrar la calle 9 de Julio, luego a la derecha por Dorrego hasta Zeballos donde estacionó, alimentó el parquímetro y se despidió de su coche.

La casa que Camoletto compartía con Mónica era un corazón de manzana con pisos y aberturas de pinotea y una terraza con asador que denunciaba la invasión de edificios.

Después de almuerzo, Mónica retornó a su trabajo y Cepeda salió en compañía de Camoletto hacia la zona más céntrica de Rosario. Visitaron a María Luque para dibujar y merendar; como si dibujar fuese la vida misma y merendar una ocurrencia de aquella tarde. Luego descubrieron que al Pasaje PAM le habían incorporado un cartel en el piso de su ingreso. A Cepeda le pareció un cartel muy bonito (aunque no hizo ningún comentario) que lo anunciaba como sitio histórico o turístico. Por la noche y en la costa del río comieron pescados enormes.

Al regresar a la casa de la calle Zeballos, Camoletto enseñó a Cepeda dibujos que pensaba exponer en Córdoba el próximo año. Contemplados por Cepeda, los dibujos mostraban cabezas –o túneles infinitos– en cautiverio de paisajes que sucedían a mitad de camino, entre su estómago y su corazón. Igual que páginas de un cuaderno los paisajes parecían arrancados de algún sitio por donde Camoletto tenía la costumbre de caminar.

En Córdoba era sabido que Camoletto cultivaba esa costumbre. Camoletto caminando en compañía de amigos. Camoletto caminando sin compañía alguna. Camoletto caminando y fumando un cigarrillo tras otro. Caminaba como uno más de Córdoba. Parecía no aceptar ni planificar demarcaciones que limitaran su territorio, el cual era semejante a una enredadera.

Cepeda no logró reconocer ese lugar, donde seguramente las huellas de Camoletto aun estaban frescas, y sintió que aquellos paisajes podían ser arrancados una y otra vez por el propio Camoletto o por algún desconocido. Nada es permanente, dijo Cepeda y su frente agregó: sólo algunas equivocaciones que ahora me da pereza reconocer. En los trabajos de Camoletto el color negro sí parecía permanente, también lejano. En un tímido intento de complicidad, el propio Cepeda se reconoció partidario del negro en el mismo momento en que un libro llegaba a su memoria. Nocturnos de Chile, Cepeda abandonó inmediatamente la idea de mencionar la trama de aquel libro, quizá porque la había olvidado, y volvió a mirar los trazos de los dibujos y reflexionó sobre su carácter performático. Poco tiempo atrás en una charla sobre perfomance, un artista que decía ser guatemalteco y canadiense al mismo tiempo apellidado Góngora, iniciaba su presentación preguntando al público ¿Qué es una perfomance? Cepeda aseguró que, de haber viajado previamente a Rosario, hubiera respondido: los dibujos de Hernán Camoletto son una perfomance.

Posteriormente Camoletto enseñó a Cepeda fotografías de paisajes donde árboles y cielo parpadeaban de noche. Cepeda pensó que algo sucedía allí de manera imperceptible y luego pensó en el valor de lo imperceptible y más tarde intuyó que algo evidente generaba aquello imperceptible, pero que seguramente aquello que era evidente tenía lugar afuera del recorte. Movimiento de luna. Viento. Marea. Cambio de temperatura. Creciente o su eco ensordecedor. Esta vez en su paladar, Cepeda recordó una comida con papa y palta que había probado en Lima. Lo que deseaba recordar en realidad y no le salía eran unos dibujos de Gilda Mantilla y Raimond Chaves, publicados en nueve cuadernos llamados Dibujando América. O acaso una pregunta que acompañaba esos cuadernos: “¿Sirve de algo ponerle nombre a un territorio más grande que sus límites?”

Una carpeta con pequeños dibujos donde un trazo azaroso y en voz baja había descargado de manera precisa árboles y follajes sobre el papel, fue lo último que Camoletto enseñó adentro de su casa. Cepeda supuso que antes de ser descargados, esos últimos paisajes habían estado esperando desde hacía tiempo.

- Tal vez en el papel. O quizá en tus dedos.

- En mis uñas.

Finalmente Camoletto condujo a Cepeda hacia la terraza para mostrarle ramas que estaba recolectando y también pensaba exponer en el museo de Córdoba. Árboles negros. Cepeda respiró incendios de pinos cordobeses. Pero el negro de los árboles de la terraza era diferente al de los árboles cordobeses. No se trataba de un negro pintado con fuego, ni siquiera pariente de la pintura. Le pareció el color de algún personaje, seguramente secundario, de un film o de un libro. Familiar a la literatura. Cepeda recordó a Miles Heller caracterizado por Alice Bergstrom en Sunset Park de Paul Auster (que se encontraba leyendo por aquellos días). Alice intuye que Miles fue herido en alguna guerra que ella siempre ignorará. Miles Heller no era un personaje secundario por lo tanto Cepeda hizo foco en Alice y su conformismo. Después masticó sus pensamientos y sus dientes lo interpelaron sobre la incumbencia de diferenciar los personajes secundarios de los primarios, también el estómago mencionó algo sobre los personajes de reparto.

Luego tendieron la cama en el sillón del living, Cepeda enchufó las pastillas para los mosquitos que le alcanzó Mónica, apagó la luz de la lámpara y se durmió pensando que por la mañana regresaría a Córdoba.

En mitad de la noche Cepeda tuvo un sueño que tal vez lo alejaba de aquel negro de los dibujos. Soñó con un verde inmenso atravesado por un celeste con piedras. Tomó distancia como lo hacía en la fila de la escuela y descubrió a su madre que insistía en abrazarlo. Luego intuyó un verde bastante más amplio de lo que había percibido y a sus hermanos caminando por allí.

 

Lucas Di Pascuale